Reflexiones en la oscuridad

Sobre Invisible Dust de Alejandra Prieto


César Barros Arteaga


Desde sus primeras intervenciones artísticas Alejandra Prieto ha estado pensando la posición, el estatus, del objeto en la vida cotidiana contemporánea. Se podría decir que sus trabajos con carbón mineral, cobre, alquitrán y otros materiales, encarnan perfectamente lo que Gérard Wajcman ha dicho sobre la obra de arte en general: que son objetos cuya especificidad es el pensar lo que un objeto es. En efecto, las imágenes de Prieto piensan el objeto, y lo piensan no en un vacío metafísico, sino en sus articulaciones históricas. Los trabajos de Prieto con carbón mineral en particular traen a la superficie aquello que podríamos describir como “lo escondido a la vista”—escondido en los objetos del glamour o en los signos y marcas que confieren estatus y eficacia simbólica en las sociedades contemporáneas. De alguna manera, el carbón mineral es él mismo una encarnación de este “escondido a la vista”: es un material que todo el mundo conoce, pero que pocos han visto de cerca. En sus obras Prieto genera encuentros cercanos de distintos tipos con este material, produciendo así, dentro de otras cosas, una suerte de ansiedad que surge de esta diferencia entre conocimiento y experiencia.

En Invisible Dust Prieto nos presenta una constelación de cuatro objetos/imágenes que establecen, nuevamente a través de los potenciales significantes del carbón, una serie de tensiones relacionadas con la mirada y aquellos procesos invisibles de producción e intercambio que permiten su goce y/o obturamiento. Invisible Dust nos presenta un espejo, dos grandes impresiones de polvo de carbón en seda y (el simulacro de) una nube de polvo de carbón proyectada sobre una “pantalla rústica” hecha del mismo material.

El espejo puede ser considerado como el vértice de esta constelación de elementos. Un espejo es, más que ningún otro, un objeto de mirada (su posición clásica como alegoría del arte confirma este estatus). Al repetirnos, o, como dirá el psicoanálisis, situarnos en el campo del Otro, el espejo nos constituye como sujetos. Sin embargo, un espejo no es solo una superficie reflectante—algo que incluso el psicoanálisis a veces olvida—, sino también, y quizás primeramente, un objeto, un objeto muchas veces lujoso, decorativo, estético. Y quizás lo que le da a un espejo su especificidad es que su funcionamiento supone su desmaterialización (o de-objetalización). Es decir, cuando usamos un espejo, paradójicamente debemos olvidar por un segundo su carácter de objeto—o miramos el objeto y su composición, o miramos el reflejo que nos dona. Y esta es la condición paradójica que el espejo de Prieto nos entrega, pues al estar constituido por carbón, una y otra faceta confluyen—de alguna manera el espejo de Prieto evade esta disyunción; nuestra mirada se transforma en una mirada que al mismo tiempo observa, disfruta o padece, tanto el reflejo como el objeto que lo hace posible. El negro de la superficie y la “imperfección” escultórica producen un cortocircuito en la tentación narcisista que desmaterializa. La funcionalidad del carbón como elemento reflectante, función que Prieto no inventa, sino que rescata—el carbón era efectivamente usado de esta forma por poblaciones indígenas precolombinas—hace comparecer entonces estas dos miradas en un solo momento.

Si el espejo es el vértice de la constelación, el polvo, específicamente el polvo de carbón, es su significante maestro. Un significante flotante, se podría decir. Alrededor de todos los objetos de la muestra gira la idea de la repetición, la reproducibilidad, la insistencia. Lo residual viene aquí a insistir. Pues se puede plantear que el carbón tiene un estatus residual en nuestra cultura. Residual no en un sentido práctico—el mundo capitalista, mal que mal, sigue utilizando el carbón como un recurso energético crucial—sino, como resto invisible. El carbón es esa suciedad que no vemos, o no queremos ver, como tampoco vemos el duro trabajo que lo desprende de las oscuras entrañas de nuestro sofisticado e hiper-visible mundo; un mundo que se declara bello y brillante. La constelación de Prieto apunta a la polvareda escondida en la limpieza del objeto de consumo. Este polvo invisible es el residuo del residuo, esa nube de polvo que acompaña a toda asepsia y toda estética. El polvo como esa traza de la mano que produce y que queda borrada en el producto final.

En Invisible Dust lo obsceno del sistema entra en escena. Por supuesto, no se trata de, mediante una estética, re-funcionalizar la explotación para el goce. Se trata, sobre todo, de hacer visible, de “capturar” esa polvareda, ese significante flotante, y encarnarlo en soportes de visibilidad. Se trata de sacar el polvo de debajo de la alfombra, hacerlo circular y aprehenderlo. Así, en la blancura de la galería de arte Prieto hace aparecer aquella oscuridad imperceptible, o más bien reprimida, en nuestros objetos del deseo—oscuridad que se nos devuelve, que aparece, en el espejo, que constituye esas enigmáticas figuras impresas sobre la seda negra y que circula en aquella proyección fantasmagórica.